La Casa de Cera: Terror del que se disfruta

Seis amigos que viajan por carretera para asistir al partido de fútbol más importante del año, la víspera deciden acampar al aire libre. A la mañana siguiente, se dan cuenta de que su coche ha sido manipulado, así que aceptan la invitación de un conductor que los lleva hasta Ambrose. Al llegar, visitan la principal atracción de la ciudad: la Casa de Cera de Trudy, que está llena de esculturas de cera cuyo parecido con los modelos es asombroso. Cuando descubren, horrorizados, la razón de esta inquietante semejanza, comprenden que o escapan de la ciudad o también ellos acabarán convertidos en estatuas del tenebroso museo.

La primera vez que vi ‘La Casa de Cera’, me imaginé que iba a ver un auténtico mojón de película. Pero, contra todo pronóstico, es una de las películas de terror que más veces he recomendado en mi vida.

El tiempo ha terminado poniendo en su sitio a Jaume Collet-Serra, que debutaba en el cine americano con esta película, que a la vez es un remake de un clásico, ‘Los crímenes del museo de cera’. Gracias a esta, Hollywood descubrió a un magnífico realizador, que tan pronto se desenvuelve en el campo del terror, como se mete en una de acción al estilo Liam Neeson.

El esquema es básico, muy básico: un grupo de adolescentes camino de un partido se entretiene en un extraño pueblo que tiene un museo de cera. Pronto descubrirán la terrible verdad que esconde, siempre de la mano del ingenio del director. Y es que hablamos de un hombre que tuvo que lidiar con Paris Hilton en el reparto.

La película, cortita y manejable, se sostiene gracias a que su máximo responsable exprime los recursos que tiene a su disposición. Para ejemplo, la mejor escena de la película, en la que uno de los protagonistas pierde una falange. Ni siquiera están en el museo, ni siquiera el espectador se da cuenta de la magnitud de lo que sucede en aquel sitio y funciona de cabo a rabo para ir entrando en situación porque, aunque no me caen especialmente bien los personajes, tampoco los odio como para ponerme del lado del psicópata.

La ambientación es otro elemento muy bien cuidado, pues el extraño pueblo podría ser cualquiera del interior de los Estados Unidos de América pero, a la vez, exprime al máximo el ambiente rural que le rodea. Luego están sus veinte minutos finales, que son una locura tan grande, en cuanto a escenario, que me sigue alucinando.

Tiene sus cosillas y se la pueden encontrar objeciones. Es imposible esquivar todos y cae en algunos tópicos del género, pero globalmente ‘La Casa de Cera’ sigue siendo un entretenimiento de lo más digno. Una revisión del clásico como Dios manda.

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