Mandy: La belleza está en el horror

Red es un leñador que vive alejado del mundo junto al amor de su vida, Mandy. Un día, mientras da un paseo abstraída en una de las novelas de fantasía que suele leer a diario, Mandy se cruza sin saberlo con el líder de una secta que desarrolla una obsesión por ella. Decidido a poseerla a cualquier precio, él y su grupo de secuaces invocan a una banda de motoristas venidos del infierno que la raptan y, en el proceso, hacen añicos la vida de Red. Decidido a vengarse y equipado con toda clase de artilugios, pone en marcha una matanza que deja cuerpos, sangre y vísceras allá por donde pasa.

El cine tiene la capacidad de callarnos, de dejarnos atónitos ante el espectáculo que estamos presenciando sin que, en su mayor parte, logramos comprender el porqué de lo que está pasando. Pero en el caso de ‘Mandy’, el porqué la verdad es que no es tan sumamente importante.

Si eres capaz de elegir ‘Mandy’ entre todas las opciones cinematográficas que abundan en esta época la cartelera, creo que debes estar avisado: No estás ante un film convencional, dispuesto a contarte la historia de un hombre envuelto en una locura de cruzada para salvar al amor de su vida. Tras su visionado, estoy seguro de que lo que menos le importaba a su director y guionista (de nombre atómico) Panos Cosmatos era la historia.

Da la sensación de que se la toma, simplemente, como una mera excusa que le dé pie al festival sanguinolento y gore que está dispuesto a ofrecerte. Si por algo se caracteriza ‘Mandy’, es porque va a buscar la belleza en el horror de sus imágenes. Para ejemplo, un botón: Tras una lucha feroz, uno de los personajes muere tras caer encima de una sierra mecánica. Mientras tú alucinas con lo que acaba de suceder, lo que está pensando Cosmatos es “Mira que plano más chulo me acabo de sacar de la manga”.

En frente tenemos a uno de los pocos actores que se atrevería a protagonizar tal aventura. Un Nicolas Cage al que el papel le va como anillo al dedo para dar pie a sus gesticulaciones más expresivas y demostrar, una vez más, que domina el género de acción. Se le puede echar en cara a Nic muchas cosas en su carrera, pero no la valentía de afrontar propuestas que a más de uno (y de dos) le sonarían disparatadas.

Probablemente el mayor error de ‘Mandy’ es su gran virtud. Tan obsesionado está su director con la fotografía y la música, que al dejar de lado la historia (que, al final, tampoco cuenta nada que sea muy original) la película termina teniendo muchos altibajos. La hubiera venido de cine un recorte de quince o diez minutos para evitar algún bostezo ocasional.

Desde luego, gustará a aquellos fans de la violencia extrema y la casquería. Cuerpos y mentes sensibles mejor abstenerse.

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