Desaparecido en Venice Beach: Bruce, no te reconozco

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Steve Ford es un investigador privado de Venice Beach, en Los Ángeles, que deberá enfrentarse a una banda de gangsters si quiere recuperar a su querido y amado perro.

Aquí no hay excusa. No es como en las anteriores producciones donde aparecía incluso en el póster y luego salía en pantalla apenas diez minutos, lo justo para cobrar el cheque, huir y hundir poco a poco su confianza con el público.

‘Desaparecido en Venice Beach’ parecía distinta (aunque se hubiera estrenado directamente en DVD), entre otras razones, porque él la protagonizaba y volvía a hacer de detective privado en una de esas producciones muy suyas en las que se podría mezclar bastante bien la acción y la comedia. Incluso, se rodeaba de caras conocidas como Jason Momoa, Famke Janssen o John Goodman. Pero no, lamentablemente no.

Lo que podría haber servido como reconciliación con el público de cara al gran regreso que prepara Shyamalan con ‘Glass’, se desvanece a los pocos segundos en pantalla, con los constantes cambios de planos para hacernos creer que el amigo está subido desnudo en un patinete. Todo roza la vergüenza ajena cuando intenta ocultar el arma delante de un policía y uno recuerda a Joe Hallenbeck o John McClane.

Poco a poco se descubre la gran verdad, que no hay premisa argumental, que el desarrollo es lamentable y la voz en off se va volviendo cada vez más y más cargante. Es decir, ‘Desaparecido en Venice Beach’ es ridícula a más no poder, a ratos muy bochornosa y duele (y mucho) a aquellos fans del Willis de los 80-90, en el que sabía hacer el payaso con clase y gracia, en la que su gesto de caradura nos conquistaba. Aquí, lamentablemente, le he visto demasiado mayor para pensar o si quiera imaginar en una sexta entrega final de ‘Jungla de Cristal’ que deje al personaje de McClane en la cima, donde debe estar.

Bruce, amigo, no te reconozco.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Una auténtica vergüenza. Coincido en todo. Sobre todo en lo de que duele, y mucho. Es bochornoso para lo que se presta por un cheque después de esa fase en la que salía en los carteles de películas de segunda como reclamo para hacer un cameo de 10 minutos. Los que crecimos en los 80 preferimos recordarle en mejores papeles. Una auténtica pena compañero.

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