Rogue One – Una historia de Star Wars: La fría misión de encontrar los planos

El Imperio Galáctico ha terminado de construir el arma más poderosa de todas, la Estrella de la muerte, pero un grupo de rebeldes decide realizar una misión de muy alto riesgo: robar los planos de dicha estación antes de que entre en operaciones, mientras se enfrentan también al poderoso Lord Sith conocido como Darth Vader, discípulo del despiadado Emperador Palpatine.

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Dispuestos a exprimir de cualquier forma posible la gallina de los huevos de oro también conocida como ‘La Guerra de las Galaxias’, ambientar el nuevo film entre los episodios tres y cuatro es un riesgo que se antojaba innecesario y que daba bastante miedo a los más fans. Tampoco era prometedor la elección de Gareth Edwards como director pues venía de un ‘Godzilla’ bastante soso. ‘Rogue One’ debía funcionar como ese punto de unión entre la trilogía original y las tres entregas más flojas de la saga (admitidlo aunque duela). Pero sorprendentemente es una historia de Star Wars que funciona bastante bien a pesar de las limitaciones.

La película escoge el camino “militar” para mostrarnos la rebelión contra el imperio desde dentro y contarnos cómo se lograron los planos de la estrella de la muerte. La primera dificultad que tiene el film es hacer que entremos en situación pues nos presenta a unos personajes nuevos con los que nos cuesta un poco empatizar. Son los héroes pero, ¿porqué? El problema no está ni en Felicity Jones ni en Diego Luna (que pena que Mads Mikkelsen no tenga más minutos), el problema recae en el guión porque la primera apenas articula palabra en los primeros treinta minutos de film y el segundo se presenta matando a alguien por lo que me cuestiono si, de verdad, es buena gente. Es decir, hasta que los personajes se ganan nuestra simpatía tienen que recorrer un largo trecho por la galaxia por lo que la película avanza a trompicones en los que se unen tipos aún más extraños/originales y los personajes toman decisiones. Y esto es casi mitad de la película.

Quizás sea el hecho de que esta película es más seria, menos infantil que las anteriores y no cuenta con elementos importantes en su esquema, como lo son los jedis o la clásica introducción. También está el hecho de que conocemos el final y que, si uno es un poco avispado y aunque el guión lo intente ocultar, sabemos qué va a suceder.

La segunda mitad sí que es puro ‘Star Wars’, más a lo que estamos acostumbrados y es pura diversión. Es donde la cinta se siente más a gusto y divierte gracias a los nexos de unión que establece con el episodio cuatro (y, concretamente, esa escena final que quita el hipo). Es cierto que algún cameo se antoja absolutamente innecesario, pero otros como Darth Vader (una lástima no poder contar con Constantino Romero para el doblaje) se comen la película.

En mi escala particular situaría ‘Rogue One’ por encima de los episodios I, II y III, por debajo de la trilogía original y por debajo del episodio VII. Es un buen divertimento, pero debemos situarlo en su justa posición.

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