Hasta el último hombre: Paradojas en tiempo de guerra

Desmond Doss es un joven médico militar al que se le permitió no portar un arma en el campo de batalla. Participó en la Batalla de Okinawa, durante la II Guerra Mundial, y se convirtió en el primer objetor de conciencia en la historia estadounidense en recibir la Medalla de Honor del Congreso.

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Han pasado ya diez largos años desde la última vez que Mel Gibson decidió ponerse detrás de las cámaras y, aunque no goza de la misma fama que entonces, con ‘Hasta el último hombre’ demuestra una vez más que tanto cine, como violencia, corren por sus venas y en esta película ambas combinan perfectamente.

Basada en la verdadera historia de Desmond Doss, un hombre que decidió salir al campo de batalla sin portar un arma para defenderse. Se convirtió en un héroe de guerra y en el primer objetor de conciencia. Criado en un hogar conflictivo, con un padre maltratador y alcohólico, Doss desarrolla su fe a raíz de un gran trauma familiar, el gran y verdadero detonante de su comportamiento en el campo de batalla. Andrew Garfield, uno de los mejores actores de su generación, hace una brillante interpretación como el protagonista.

A destacar especialmente su primera hora de metraje, con el entrenamiento militar, donde el director vuelve a jugar con el contraste. Mientras esperamos al típico sargento de hierro, nos encontramos con Vince Vaughn y algunos momentos cómicos que funcionan muy bien, no cayendo en los estereotipos o referencias fáciles (jugar a ‘La chaqueta metálica’, por ejemplo). Logra que en ningún momento sepamos qué tono va a terminar cogiendo la película.

Como os decía, el contraste encaja perfectamente: Mel está en su salsa, en territorio bélico, y puede ser todo lo sangriento y sanguinario que quiera sin caer en la violencia gratuita. Todo está justificado y algunas escenas rivalizan con el desembarco de ‘Salvar al Soldado Ryan’ por su espectacularidad. Se desata un auténtico infierno, el mismo que los personajes avisan que se avecina. Ahí es donde el personaje de Doss entra en acción y equilibra la balanza de forma sorprendente y ganándose incluso a sus detractores. Algo que parecía difícil pues, durante la primera parte del metraje, uno llega a pensar en que está cometiendo una locura.

Una película que te arranca una sonrisa, que saca una versión pacifista dentro de un mundo bélico, que remueve las entrañas y termina de forma épica, no se la puede hacer otra cosa que aplaudirla.

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