La Vida es Bella: ¡Buenos días princesa!

Cuesta creer que el ahora olvidado Roberto Benigni a mediados de los 90 nos entregase una de esas películas que están en las quinielas de todos los espectadores cuando les preguntas por su película favorita. Como decía aquel, porque a pesar de todos los inconvenientes, la vida puede ser maravillosa.

En la década de los 90, Roberto Benigni, en colaboración con el guionista Vincenzo Cerami, vivió su época dorada con las películas ‘Johnny Palillo’ de 1991 y ‘El monstruo’ de 1994. Aunque no terminó de encandilar a la crítica, su nombre empezaba a sonar fuerte en su país de origen. Tres años más tarde ‘La Vida es Bella’ puso el punto álgido a su filmografía, a la que precedería su desastrosa versión de ‘Pinocho’.

En 1939, a punto de estallar la Segunda Guerra Mundial, el extravagante Guido llega a Arezzo con la intención de abrir una librería. Allí conoce a Dora y, a pesar de que es la prometida del fascista Ferruccio, se casa con ella y tiene un hijo. Al estallar la guerra, los tres son internados en un campo de exterminio, donde Guido hará lo imposible para hacer creer a su hijo que la terrible situación que están padeciendo es tan sólo un juego.

Tres Oscars, entre ellos el de mejor actor, el Gran Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes, el Premio Cesar a la mejor película extranjera, Premio Goya a la mejor película europea… y quizás con todo y con eso nos quedamos cortos. Fue el mayor logro internacional del cine italiano desde Fellini.

‘La Vida es bella’ es una maravillosa película envuelta en la peor de las catástrofes. Su principal virtud: hacernos ver el lado bueno de las cosas en la más absoluta oscuridad. Cuando todo parece perdido, nunca hay que perder la esperanza.

Mencionábamos antes el hecho de que Benigni a Vincenzo Cerami y comenzara a trabajar con él, le había llevado a mejorar. El guión, que firman ambos, es una de esas piezas de relojería que aparecen en el cine muy de vez en cuando, en la que cada cosa no está metida al azar, no hay calzador, todo encaja de una forma maravillosamente perfecta. Cerami y Benigni se basan en el libro “Al final derroté a Hitler”, de Rubino Romeo Salmoni, que estuvo prisionero durante tres años en un campo de concentración y logró sobrevivir.

A partir de aquí, Benigni quedó estancado, al menos como actor, no sabiendo dar al espectador otra forma de actuación. Al menos en la película, su excentricidad y sus payadas están sumamente justificadas por la presencia de su hijo, la tierna mirada de Giorgio Cantarini.

Aquellos que sean poco adictos al azúcar puede que la detesten, pero servidor no puede dejar pasar la oportunidad de nombrar una de las más preciosas y originales historias de amor (e incluso con cierto toque a Charles Chaplin) que ha otorgado el cine, culminada por la secuencia de la huída a caballo y posterior aparición del niño. Mucho tiene que ver el hecho de que el personaje de Dora esté interpretado por Nicoletta Braschi, mujer de Benigni. La química en pantalla de ambos es formidable, elevando la credibilidad de la cinta. Y ojito a la presencia española de Marisa Paredes.

Como buena película, no la faltan sus momentos cumbre, como la traducción del alemán al italiano y muchos de los momentos padre e hijo. Luego está ese final, que es capaz de arrancar la lágrima al más duro y que podría ser un final triste… pero acaba contrastado por la alegría de una madre que encuentra a su hijo. Todo esto acompañado por la inmortal banda sonora de Nicola Piovani, una obra maestra que recibió recompensa en forma de premios.

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