Matrix: No hay cuchara

¿Puede una película de acción con toques de ciencia ficción ser filosófica, religiosa, trascender en la historia y crear una estética revolucionaria gracias a sus efectos especiales? La respuesta es, rotundamente, afirmativa. Es ‘Matrix’.

Thomas Anderson es un brillante programador de una respetable compañía de software. Pero fuera del trabajo es Neo, un hacker que un día recibe una misteriosa visita…

… Y hasta ahí puedo leer porque amigo lector, si eres un cinéfilo muy despistado que todavía no ha visto o no conoce que es Matrix déjeme que le dé un consejo: No deje que nadie se lo cuente.

Pero, si en su momento vibraste en el cine con la fascinante historia que daba la enésima vuelta de tuerca entre la relación hombre y máquina, coincidirás conmigo en que ‘Matrix’ se merece estar, por derecho propio, en el Olimpo de las grandes películas.

Ganadora de cuatro Oscars en el apartado técnico, ‘Matrix’ se convirtió en un fenómeno que alcanzó un grandísimo éxito mundial. Los hermanos Wachovski consiguieron realizar una fascinante y entretenidísima película que se basó en dos puntos muy fuertes: Su original guión y los efectos especiales.

Como decíamos, el guión de la cinta se atreve a explorar temas que antes nunca se habían tratado, o si se habían tratado (algo de ‘Terminator’ hay en la película) no se había hecho de este modo.

Luego estaba su revolucionaria estética con personajes embutidos en trajes de cuero capaces de las más que imposibles piruetas que combinaban espectaculares y trepidantes escenas de acción con revolucionarios efectos especiales.

Si hay una película que sea importante para entender el cambio de siglo, esa es ‘Matrix’. ¡Y qué si los Wachovski quizás explotaron el filón que habían encontrado con dos nuevas secuelas muy discutibles! Si hasta tiene una de las mejores bandas sonoras de los últimos años.

Para siempre nos quedará Keanu Reeves como el elegido; ese agente Smith, casi más recordado que su némesis y auténtica pesadilla final; esa Carrie-Anne Moss heroina sexy de armas tomar; o ese Laurence Fishburne dispuesto a abrirnos la mente.

¿Qué pastilla habrías elegido? ¿La azul o la roja? ¿Seguro?

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