La Noche del Cazador: Odio/Amor

Hay películas que nacen para ser incomprendidas. ‘Blade Runner’ fue un sonoro fracaso a pesar de que hoy en día está considerada como una de las mejores películas de todos los tiempos. Algo semejante ha pasado con ‘La Noche del Cazador’ de Charles Laughton basada en la novela de David Grubb. ¿La conoces?

Corría el año 1955 cuando Charles Laughton tomaba la decisión de no volver a ponerse detrás de las cámaras. Su última película, titulada ‘La Noche del Cazador’, tuvo poca o ninguna repercusión. Un hecho incomprensible si la película es revisionada en la actualidad. La cinta está considerada como una obra maestra indiscutible, y en el Alquimista Cinéfilo no podíamos dejarla pasar por alto.

Tras realizar un atraco en el que han muerto dos personas, Ben Harper regresa a su casa y esconde el botín confiando el secreto a sus hijos. En la cárcel, antes de ser ejecutado, comparte celda con Harry Powell, un siniestro predicador, y en sueños habla del dinero. Tras ser puesto en libertad, Powell está obsesionado por apoderarse del botín y va al pueblo de Harper parar enamorar a su viuda y casarse con ella.

De argumento inquientante y puesta en escena hipnótica, ‘La Noche del Cazador’ está situada en la época de la Depresión, cuando la gente hacía locuras para poder sobrevivir. Solo así entendemos la actitud del padre de familia de atracar el banco para lograr una vida más desahogadamente. Empieza entonces una gran odisea y persecución a la que son sometidos unos niños por el misterioso y terrorífico predicador que está encarnado por Robert Mitchum.

El reverendo, que acaba de salir de prisión (el clásico lobo encubierto con piel de cordero), lleva tatuadas las palabras “Love” (amor) y “Hate” (odio) en los nudillos de las manos. Con una presencia cautivadora, es capaz de dar lecciones morales y de resultar un personaje conquistador, salpicando la historia con la dosis y crítica justa al fanatismo religioso (con pasajes bíblicos incluidos y vuelta de tuerca a la mítica historia de Hansel y Gretel’).

Maravillosos planos (como la secuencia submarina) aderezados por una magnífica fotografía, un buen uso de la música y un inquietante Mitchum (aún le recuerdo en mi cabeza gritando “¡Niños!¡Niños!”) os esperan. Una joya a redescubrir.

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