Pozos de Ambición: Habrá Sangre

¿Alguna vez habéis visto una película y el tiempo se ha pasado volando por que estabais inmerso en su historia? ¿Alguna vez te has sentido como si atravesases la pantalla de cine y formases parte de la película? Pues elevad ese estado al nivel de fascinación (y casi devoción). Eso es lo que siento cada vez que veo ‘Pozos de Ambición‘.

Si seguisteis mi consejo y le echasteis un ojo a ‘Magnolia’ os habréis dado cuenta del extraño método que tiene el director Paul Thomas Anderson de contarnos las cosas. En la erróneamente traducida ‘Pozos de ambición’ (mucho mejor y más épico su ‘There Will Be Blood’ americano) partimos de una presentación de diez minutos sin diálogos del personaje interpretado por Daniel Day-Lewis al mayor combate entre el hombre y la fe que estos ojos de crítico han podido observar. La película es la adaptación de la novela de Upton Sinclair “Petróleo”, de 1927.

Me explico: Viajamos hasta Texas, principios del siglo XX. Daniel Plainview, un experto en excavaciones petrolíferas, se traslada a una miserable ciudad con el propósito de hacer fortuna. Tras encontrar un rico yacimiento de petróleo en 1902, se convierte en un acaudalado magnate. Cuando, años después, intenta apoderarse de un nuevo yacimiento, tiene que enfrentarse al predicador Eli Sunday.

Son tantísimas razones por las que creo que ‘There Will Be Blood’ es una película bestial que no se por donde empezar. Empezaré por lo más lógico o evidente, su punto de partida: Cuando la ambición se encuentra con la fe. El tema central de la película, perfectamente llevado por el director (en una estupenda ambientación) en sus dos horas y treinta minutos de película. A ratos tiene aspecto de obra de arte y por otros estás tan fascinado que tienes que volverla a ver para entender su grandeza.

Grandeza, sí. Muchas películas pecan de querer ser más grandes de lo que en realidad son. Nos las venden como “la más sangrienta”, “la mayor epopeya jamás contada” y nunca llegan a tanto. En ‘There Will Be Blood’ comprendemos desde el minuto uno de película que no estamos ante un simple experimento o una película del montón. Esto va a ser gordo. Esto va a ser muy grande.

Daniel Day-Lewis. Hablar de este tipo es hablar de uno de lo tres mejores actores vivos de la actualidad. Tan meticuloso a la hora de escoger sus papeles como lo es a la hora de realizar sus interpretaciones (en un 95% son soberbias todas). No me voy a olvidar de Paul Dano, que a raíz de esta película comenzó a dar vida a los más variopintos personajes extraños que nos podemos encontrar en cualquier película. Dano aquí es la contrapartida ideal como el profeta que se cree “la mano de Dios” en la tierra.

Yo me bebo tu batido. Qué frase. Que escena. Que grandeza. El momento que el espectador lleva esperando desde hacía dos horas acaba de llegar. Es el momento de disfrutar. Es el momento de ver a Day-Lewis totalmente desatado, comiéndose a su personaje y al de Paul Dano. Es una de las mejores escenas que nos ha dado el cine en lo que llevamos de nuevo siglo. Una escena que acaba de manera salvaje y con partida de bolos de por medio. El clímax perfecto para el final perfecto. Glorioso.

Toda una maravilla. No os la perdáis.

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